martes, 15 de noviembre de 2016

LA CASA AMARILLA

Sobre libro de Giovanni Barletti


JUAN YUFRA

En 1984 salió a la luz la antología “Nuevo cuento peruano”, obra que fue preparada por Antonio Cornejo Polar y Luis Fernando Vidal. Como se sabe, ese texto da un balance sobre la narrativa peruana de fines del siglo XX y además propone líneas de discusión para el sistema literario nacional.
Uno de los rasgos que se indican en el prólogo de dicho volumen es que  “El sistema editorial peruano no solo es débil y laxo, sino también, parcial y de alguna manera discriminatorio”; por cuanto en los años 80 existía una diferenciación marcada entre los autores que estaban afincados en Lima y aquellos que producían relatos desde espacios alternos, periféricos. Ahora, no es la única prueba de las diferenciaciones discursivas que se entrevé desde la literatura, y que en dicha antología se destaca, sino que, nuestro país históricamente convive con estos complejos dilemas de representación (e interpelación) de la sociedad nacional, cuya tensión permanente muchas veces se revela en los productos culturales que son de relevancia significativa para el escenario popular, y cuando estos  ingresan a constituir una corporeidad textual y oficial, esta se amolda a la presión que ejerce la arbitrariedad del sujeto posmoderno.
Continuando con el libro de Cornejo Polar–Vidal, allí se señala que “la categoría de representatividad tiene que ver con la del sistema literario. Todo es tal porque desarrolla tensiones orgánicas entre sus varias y diversas alternativas escriturales; por consiguiente, aunque sin duda existe un sustrato común, que en este caso permite hablar del nuevo cuento peruano, lo que interesa es definir las opciones que lo constituyen y el modo como ellas se relacionan”, además, que  “el otro lado de la narrativa peruana última da razón del proceso de liquidación del viejo orden oligárquico, liquidación que implica, como es natural, no solamente la desintegración de su vértice sino, también, la redefinición de los estratos dominados”. Es conocimiento público que un tipo de “relación” que se generó en aquella época desembocó en la violencia, influenciado por el contexto político que en los espacios del país se alojaron y que hasta hoy se han instalado en nuestro imaginario, y de forma sesgada en la Historia, así como en la Literatura, por razones obvias.
Actualmente los relatos escritos por autores peruanos (novelas, cuentos y las antologías narrativas que se promueven) destacan –es una constante– los efectos de la colisión cultural e ideológica llevada a cabo en los años 80 y 90 del siglo anterior, tornándose a veces maniquea, una impostura sobre todo presente en la generación última de narradores limeños, con excepciones, desde luego, casi imperceptibles; sin embargo, existen otros que eligen el distanciamiento y desarrollan una posición especial, es decir, no se dejan llevar por el efectismo del tema o por la grandilocuencia del aparato comercial al cual sucumben la mayor parte de escritores. Gilles Lipovetsky explica esto desde la concepción del “individuo” y de su “narcisismo posmoderno” vigente en las instancias contemporáneas. En otras palabras, el interés por desarrollar un proceso de ficcionalización conlleva a desestructurar el sistema dominante o validar el complejo y abigarrado cuerpo de los sujetos que han nacido del desencuentro.
Es por eso que en la literatura peruana encontramos voces divergentes, expresiones anodinas así como muestras de reflexión y de interés por clausurar etapas en donde el creador se inmola y se prefiere el símbolo de una literatura que surge del conflicto con el lenguaje, con el mundo moderno pero sin caer en la impostura de redefinir las instancias de poder cuando estas siguen un proceso heterogéneo e inagotable desde esferas socioculturales en tensión.
Y una de esas voces en plena consolidación que ha logrado definir su posición como escritor es Giovanni Barletti (Moquegua, 1988). El primer libro de relatos que publicó fue “El que no corre vuela” (2009), luego vendría “Dabai, Chelo, Dabai” (2011) y este año ha presentado “La casa amarilla”. Aquí el autor no solo se preocupa por la historia, la estructura y por presentarlas de forma depurada a nivel de acciones con finales abiertos, sino que se ha preocupado por construir un narrador que describe dos dimensiones de tiempo que se reconocen, un punto de referencia afincado en el presente cuya naturaleza es inestable y otro punto insertado en el pasado de su existencia, donde la memoria juega un rol gravitante para los enlaces entre la realidad y su representación. Este libro, además, significa un encuentro con el lenguaje poético, aspecto que se debe destacar. No solo es un homenaje a los poetas (entre ellos Martín Adán y su obra La casa de cartón) que surgen como antesala, en epígrafes o en referencias de intertextualidad cuya frontera es bien construida.
Marcel Proust decía que “los verdaderos paraísos son los paraísos que hemos perdido”, y abandonar los sucesos que han dado forma a nuestra identidad literaria o creer que una parte de ella se difumina  es uno de esos rasgos que nos hacen inestables, sujetos escindidos y ese síntoma es parte de la transición. Julio Cortázar decía, a su vez, que “nunca se llega a escribir el libro que uno quiere”, expresión ácida y frustrante y a la vez emblemática y bella, porque todo es búsqueda y madurar es reconocer que aún falta camino por seguir, sin embargo Giovanni Barletti ha demostrado saber lo que busca. Es el autor más importante de su generación sin duda alguna; sus obras lo prueban y sobre todo su labor silenciosa y constante.
En cierta oportunidad el novelista Fernando Rivera dijo, refiriéndose a un escritor equis,  “escribe como poeta”. Sí, la inferencia es  necesaria, es decir, escribe como “un creador”. Y solo se puede escribir si la invención traspasa las fronteras de la vida y el sistema literario no se limita al individuo.
Volviendo a “La casa amarilla”, este libro contiene catorce relatos y el texto que da título al libro es uno de los más breves del conjunto. Los personajes observan y describen espacios que dependen de la mirada cautiva de niños o adolescentes en pleno descubrimiento del mundo y la fragilidad de esa mirada se inclina muchas veces hacia la emotividad: “y me repetía la pregunta hasta que las palabras dejaban de tener significado” (pág. 14) o  “Entonces Mafer se llevó un dedo a los labios, me abrazó fuerte y juntos nos quedamos así, contemplando el techo sin color de aquella habitación vacía” (pág. 36).

En esta obra de Barletti, cuya lectura se recomienda, hallamos minimalismo, secuencias narrativas alteradas por el discurso del narrador, lenguaje preciso, una prosa encomiable y una naturaleza humana que se define por la pérdida, el rechazo y por cierto hálito de belleza que desaparece o se anula, porque todo es memoria y eso, según el autor, también sucumbe.

miércoles, 29 de abril de 2015