El 22 de diciembre de 1998 se presentó en la sala Atenas de los claustros de San Agustín (Arequipa) mi primer poemario Búhos escarbados.
Hallar este ejemplar fue una tarea algo inusual: leer el tipo de letra, ver su portada y los versos que motivaron a un sujeto de 21 años elegir la publicación de un texto a otra cosa, pues , me dejan perplejo. ¿Cómo alguien que no tenía en qué caerse muerto, que no podía alimentarse bien, ni tenía un lugar definido para sus inquietudes pudo arriesgarse a tal punto? Hubo demasiada irresponsabilidad, pero no me arrepiento de ninguna imagen o idea expresada en esta obra, pues dio inicio a una ruta que culminó en Instalación (2009).
Una edición artesanal albergó ciertas esperanzas para mi poesía; recuerdo la noche de ese martes con lluvia, con la demora también precisa y los amigos. Volver a leer este libro me ha devuelto la vida. (Esa que perdemos en la monotonía del trabajo y los días) No lo veía desde aquel siglo anterior. Circulan algunos por ahí. Sucede que en 1999, descarté la sección de Crónica de colisiones y edité un texto que contenía los 21 poemas o siglos que le daban un aire de testimonio a mi incipiente noción de la poesía. Por esos años había desafiado a cualquiera que se atreviera a derrumbar mi ópera prima. A pesar de los años y de lo que depara a las cosas de la memoria este libro fue el principio para algo que aún no se agota. También me ha devuelto la tristeza de la muerte. Un amigo de Ilo falleció ese año y no tuve otra idea genial que dedicárselo en la misma portada. Eran años trágicos en la vida de este sujeto. A Crónica de colisiones lo devora una atmósfera de melancolía, por eso la anulación posterior. Quise olvidar.
A pesar de todo, una obra mínima que engarza mis temores y mis manías con la palabra precisa y el deseo de escribir Poesía en cada intento.




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